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sábado, 19 de febrero de 2011

lo dicho











a finales de enero, un día después del más reciente escandalito provocado por nuestro decimonónico agujero de recursos públicos llamado cnt, un periodista de el economista me llamó hasta san luis potosí para encuestar mis impresiones. supuse que el interés era serio, pues se estaba gastando dinero para una larga distancia que duró media hora. en la entrevista el profesional de los medios me solicitaba en calidad de “experto en el asunto de la cnt” para poner más leña en el fuego de la polémica. odio las polémicas e hice lo posible por evitar el tono talk show que parece imponerse también en las notas culturales, e intenté una aproximación menos inmediata: dije que varias personas ya habíamos pronosticado el que asuntos de irregularidad institucional y estética eran muy posibles desde la nueva conformación de la compañía y repetí que el “caso” no era ni el primero ni sería el último. repetí también los argumentos de tal pronóstico.

asimismo, puntualicé que no me era posible decir si lo que la productora en queja decía era cierto o no, pues aunque las condiciones administrativas de la cnt se prestaban para darle a ella la razón, no tenía sentido convertirnos en un tribunal: ella hacía la denuncia, la autoridades tenían que investigar y proceder. esto último lo dije aún sabiendo que, como ha sucedido, “las autoridades” no investigarían y también con conocimiento de la (otra vez) absurda y penosa respuesta del director de la compañía en la que, no sólo no reconocía la irregularidad de la institución sino que además (para variar) llevaba todo al terreno de las conspiraciones que tan bien le viene a su vena manipuladora.

el caso es que en algún momento, sin hilo para tejer un chisme el hombre comenzó a hacerme preguntas de ministerio público sobre los antecedentes del asunto: que cuándo había yo notado las malas prácticas, que si tenía a la mano el nombre de la obra donde se manifestaba el nepotismo antes denunciado... paré en seco la interrogación y volví a una pregunta inicial acerca de las partes en conflicto: las instituciones, los artistas y por supuesto, la prensa cultural. pues no soy el único, comenté, que cree que en este caso el rol del “cuarto poder” ha sido igual de vergonzoso que la actuación institucional. la prensa ha respondido únicamente ante la contingencia sin importarle ni un segundo cumplir con profesionalismo, pues un asunto así merecería una investigación y un seguimiento; pero por lo visto aquellos tiempos de periodismo cultural sustancioso han quedado lejos. estaban, comenté, poniendo un tema cultural al nivel insulso del tipo llamado kalimba. y no sólo eso, sumé, en el asunto denunciado sospechábamos ya de ciertas prácticas del periodismo, tanto así que ni siquiera se nos había ocurrido mandarle el comunicado a ese periódico que es un “oasis en tiempos de neoliberalismo” (sheridan dixit) porque nos temíamos una reacción como la que después tendría esa revista que, por lo visto, es selectiva también en los que procesa. entre los medios a que habíamos enviado el comunicado estaba proceso, de donde la reportera columba vértiz habló con uno de nosotros y quien, al día siguiente, se hizo la desentendida. resultado: en el mismísimo reducto de la rebelión, una causa había sido esquivada. no nos queda sino suponer que el amiguismo tan repudiado por la revista impera sin embargo en sus propias páginas.

así, le dije finalmente al repotero que por supuesto no publicó nunca la nota, quisiera solamente pedir que no se pase por alto una aclaración: a fin de cuentas, si unos cuantos denunciamos lo que nos parece irregular y nos documentamos para ello, no es por ninguna revancha ni animadversión personal; el asunto es menos local, pues el país está hecho un desastre institucional y queremos hacernos responsables por el espacio en el que podemos incidir. no se trata del teatro, sino del país que en que quisieramos vivir y compartir.





rubén

jueves, 20 de mayo de 2010

otra de picaresca o "muchos son los abyectos y pocos son los proyectos"
















a menos que uno ande por debajo de los 25 años, casi no sorprende el diagnóstico que sobre el estado de la política cultural se puede percibir en el reciente número de letras libres, pues no parece haber rubro artístico que salga al menos con un resultado decoroso. y bueno, como hemos dicho antes, se necesita ser un neonato o un funcionario agarrado al hueso para no darse cuenta hasta qué punto la propia estructura del aparato cultural del estado mexicano es no sólo en muchas áreas obsoleta sino, antetodo, continuadora de hábitos patrimonialistas del régimen político que no nos hemos sacado de la sangre.

así que, si bien la información que recoge la revista no es ni pretende ser un análisis exhaustivo con métodos científicos, allí están los resultados: recursos concentrados en la burocracia, favorecimiento de grupos, rechazo a las actualizaciones administrativas y estéticas y, claro, elefantes blancos para sorprender. en una palabra: la política cultural es también política mexicana.

y es significativo, entonces, que el anális del estado de las políticas teatrales, a cargo de antonio castro, se concentre en el tema de la compañía nacional de teatro. desde mi punto de vista, castro resume bien lo que muchos hemos venido demostrando acerca de esta iniciativa desde el principio: falta de transparencia, centralización y nula pluralidad. mas yo agregaría, con lo visto hasta hoy, un pecado mayor: la gula. monumental como es, la compañía no quiere espacio y presupuesto: los quiere todos. una vez que el anzuelo de su “sede” demostró su futilidad, llegó la voracidad. pues lo mismo estrena en el cna, en la uam, en la unam, en el cervantino, en el fmx o donde mañana se pueda persuadir a un funcionario. pero, a fin de cuentas, ningún estreno en los estados, ninguna gira decente: sólo un pase de honorarios para el who´s who de la escena patrimonialista, vejez decente para algunos histriones y dos años de problemas solucionados para otros.

de manera que yo sólo subrayaría un apunte de castro acerca de las “buenas intenciones” de sergio vela. buenas intenciones que -por supuesto, y en contra de lo que se debe exigir a un funcionario público-, suplieron al análisis riguroso a la hora de tomar la decisión de transformar la cnt, y que es botón de muestra del quehacer de la administración cultural pública. y así, para quien lo quiera ver se evidencia un ciclo maravilloso: en la política cultural, decisiones de última hora sin rumbo ni continuidad; en medio, uno que otro listillo, caudillo, pícaro pastorcillo, mesías o heideggeriano al uso (el trepadurismo es un humanismo) capaz de congregar presupuestos y fieles; y en el otro extremo, artistas virtuosos en la obediencia, sedientos de milagros (la multiplicación de las becas o la resurrección del dramaturgo muerto), o expertos en el carrusel de la chambita. es decir, una colectividad artística en la cual se echa en falta voluntad de análisis o mínima aspiración plural, lo que, finalmente, asegura a los funcionarios en su sitio para seguir cosechando buenas intenciones.



y creo, sin embargo, que otra idea del texto de antonio castro está más cerca de señalar una posible salida: “desde hace varias décadas -escribe-, una de las demandas de la sociedad mexicana ha sido la creación de espacios plurales e incluyentes. desconcentrar estructuras autoritarias ha sido uno de los esfuerzos principales de nuestra vida política”. cuando los teatreros levanten la mirada de su parcelita estética, abjuren de todo mesianismo, miren hacia su contexto, asuman sus capacidades y se sientan parte de esa sociedad mexicana que describe tony castro, estaremos en otro lugar. y no hay que olvidar que la democracia no es un sitio a dónde llegar o a dónde nos pueda conducir un pastor, sino que es, como dice maría zambrano, el espacio “donde formarse uno como persona humana”, un espacio de tensiones, de diferencias, de experimentaciones y que, para nuestra ventura, nunca nunca estára acabado de formarse.

rubén