miércoles, 9 de enero de 2013

para seguir hablando de teatros


1.
se ha abierto el telón del primer melodrama escénico del sexenio -enlazado con la cola del anterior-: en la pasada muestra nacional de teatro, el funcionario de conaculta roberto vázquez adelantó el propósito de la dependencia de construir 500 teatros en un número igual de municipios del país, y el argumento central del funcionario, supone que la construcción de dichos recintos: "contribuiría a paliar significativamente la situación de carencias y desequilibrios en la infraestructura cultural [del país]" ( en el diario de la muestra núm. 3, aquí: http://issuu.com/mnt33/docs/tres_web?mode=mobile). acto seguido, mi blogmate, rodolfo obregón esgrimió sus argumentos, entre ellos: "por qué se siguen pensando [las políticas culturales] en proporciones faraónicas y planteando sus estrategias desde la punta de la pirámide sin consultar siquiera a aquienes, a lomo, evitan que se desplome?" (en el diario de la muestra, núm 7, aquí: http://issuu.com/mnt33/docs/n_mero_siete_web?mode=mobile). por mi parte, leídos los textos, no me queda sino compartir la extrañeza de rodolfo ante estos golpes de demagogia institucional que supone, todavía, que aunque un diagnóstico se presente de manera universal ("hay desequilibrios en la infraestructura cultural de todo el país"), la solución deba tener el mismo carácter general ("hagamos teatros"). me quisiera detener un poco en este asunto que supone que la igualdad provoca, de inmediato, justicia.
sin tiempo para detenerme en detalles, el cartón que ilustra este texto explica mucho de lo que quiero decir: el establecimiento de la igualdad, no garantiza el acceso a la justicia: siendo todos iguales en derechos, no lo somos en contextos. de donde se entiende que homologar ciertas soluciones en un amplio territorio sólo acentúa la injusticia. (doy por hecho que entendemos que el derecho a la cultura es constitucional, y por eso hablo de justicia). esto significa que, aunque el diagnóstico del desequilibrio en infraestructura sea correcto, esto no se resuelve con la construcción de teatros; antes bien, se corre el peligro de acentuar la injusticia que tal desequilibrio supone, pues la generalización desatiende las importantísimas diferencias. diferencias en expresión de cultural local, diferencias en expectativas sociales, diferencias en lo que se entiende en la cultura urbana por cultura o arte. diferencias, también, en el desarrollo local de las agrupaciones teatrales y de su propia experiencia como factor a tomar en cuenta. y una diferencia mayor: la diferencia de cada localidad para mantener viviente cada expresión escénica: ¿con qué dineros mantener un teatro, digamos, en wirikuta, donde la gente se divide entre el apoyo a la tradición y la defensa de las tierras, y el amargo entusiasmo de que las mineras generen, al menos, empleos precarios?, ¿no sería mejor apoyar a colectivos artísticos que ya existen en, digamos, la capital de estado, que llevan talleres e insumos que, consetudinariamente, van inyectando los valores de alegría y pensamiento de las experiencias artísticas en las comunidades mencionades?
detalles como éste son los que olvida la administración federal con dolorosa pobreza imaginativa. y lo mismo sucede, para contnuar con el relato del melodrama, con argumentos como los que dibuja jaime chabaud en su apasionada defensa del proyecto institucional, y que mereció una segunda respuesta de rodolfo (http://teatromexicano.com.mx/noticia.php?id=500). la conclusión de chabaud es la siguiente: "el beneficio es obvio, siempre y cuando se haga bien. Es decir: que esté dotado de dinero suficiente, con la participación de las comunidades beneficiarias y el involucramiento decidido de artistas, y, sobre todo, como parte de un sólido discurso cultural de largo aliento" (http://teatromexicano.com.mx/noticia.php?id=496). la conclusión, no por bonita se sostiene frente a la realidad: primero, porque supone, como el argumento institucional, que la infraestructura precede a las necesidades: "¿falta cultura?, ¡pues hagamos teatros!". como si los recintos no marcaran modos de producción; dar por sentado que los teatros (a la italiana o como caja negra), son política y económicamente neutrales es un desatino. el recinto condiciona estéticas, modos de producción y dinámicas de contacto entre los artistas así como entre estos y su comunidad. si, por ejemplo, marco petriz no precisa un teatro, no es únicamente por caprichos estéticos, sino que su espacio define la calidad del diálogo que quiere establecer con su comunidad.
ahora seré abogado del diablo, pues tengo que decir también que un teatro puede favorecer enlaces comunitarios inéditos y necesarios. un teatro puede ser ese espacio autónomo donde el ciudadano se encuentra con sensaciones y formas al margen de su cotidianidad, en tiempos más holgados y singulares. pero que esto sea posible, depende, en gran medida, de quiénes y cómo entienden la cultura los que administren los teatros; no creo que haya ningún problema en que los teatros den cabida a obras escolares o música o danza de expresión local; el asunto es que, nuestra pobre cultura política no entiende todavía el usufructo del bien común. de manera que los recintos teatrales favorecen dinámicas sociales, políticas y económicas que valdría la pena pensar para cada caso.
la segunda objeción a la conclusión de chabaud cae por sí misma: no existe ni a nivel federal ni estatal ni municipal, un discurso cultural de largo aliento ni, como dije, una cultura de involucramiento de los artistas más allá de su propio beneficio. lo hemos demostrado hasta el cansancio: la política cultural favorece la atomización de esfuerzos y la alimentación de dinámicas clientelares, a las que los artistas escénicos no han plantado cara. y me parece al menos ingenuo pensar que si primero se invierte en infraestructura luego, por acto de magia administrativa, se dará el discurso cultural de largo aliento y la conciencia comunitaria. es como pensar que comenzar una guerra contra la delincuencia organizada terminará con el problema del negocio de la droga y trata de personas. las cosas no suceden así en la vida real.
2.
por último, unas palabras sobre los recintos teatrales. los teatros han sido por mucho tiempo una fuerza de poder simbólico. los príncipes europeos durante varios siglos construyeron teatros para dar brillo a su principado: un gran teatro demostraba el poder político del príncipe. las compañías nacionales, después, tuvieron la misma intención hegemónica: mostrar poder. a mediados del siglo xix, un empresario particular, soñó con un teatro en la ciudad de méxico, y como no le alcanzó el dinero, tuvo que pedírselo al mismísimo santa anna; el teatro nacional se llamó el gran teatro de santa anna, y durante la ocupación francesa fue bautizado por maximiliano como gran teatro imperial, quien solicitó a josé zorrilla la creación de la compañía imperial. al ser derruido ese teatro, en 1901, se organizó la construcción de una mole elefantiástica que daría lustro al gobierno de don porfirio. el proyecto fue tan desmesurado que lo alcanzó la revolución y aún no se terminaba. el palacio (ojo a la designación monárquica) de las bellas artes se inauguró hasta 1934. la revolución, después, construyó teatros para el pueblo; en una de esas desmesuras que sólo se explican en una dictadura perfecta, se construyó un red teatral inmensa en toda la república al lado de los hospitales. qué bueno, pero también hay que señalar que se trató de una iniciativa discrecional y, como se sabe, muchas veces al margen de la reglamentación al uso. en todo caso, ese país ya no es (o debería) ser el nuestro. el estado fallido en el que vivimos es resultado también de esa loca carrera por "modernizar" homologando, por imaginar que las ideas geniales de los funcionarios pueden mejorar la realidad y, si no, pues peor para la realidad.
la pregunta sigue: ¿qué hacemos con la voluntad institucional por construir 500 teatros?, ¿se puede dialogar, discutir, informar? o, para variar, consummatum est.
rubén


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